MADAGASCAR

Lugar
MADAGASCAR
Fecha
01/09/2023
Estación
Invierno

Reportaje

Atravesamos la ciudad camino del aeropuerto. Toca despedirse del viaje y del país. Como siempre, trato de fijar en la memoria las últimas imágenes. Veloma Madagascar!. Una palabra amplia y sonora como la geografía que da nombre a la cuarta isla más grande del mundo. El canal de Mozambique la separa del continente africano y ese aislamiento, como suele suceder con los ecosistemas insulares, ha mantenido especies únicas. Baobabs y lémures son sus sellos de identidad más conocidos pero no los únicos. Muy cerca de África pero nada que ver con su historia geológica que la une más al subcontinente indio del que se desgajó hace millones y millones de años. Una deriva de la que bebe también su poblamiento. Colonizada por indonesios primero y africanos después no hay, por ahora,  constancia de población hasta el siglo IV. Los primeros europeos fueron los portugueses en 1500 y siglos después fue colonia francesa hasta 1960, año en el que logró la independencia. Se habla malgache y francés como lenguas oficiales. Tiene una pirámide de población que es una pirámide de verdad. Con una amplia base de gente joven.  Una gran variedad de etnias, entre las que destacan betsileos y merinos como las más numerosas. Estuvimos por allí en septiembre de 2023 haciendo una ruta por el altiplano central, por la salvaje costa oeste y el bosque húmedo del noreste con vistas al Índico. Vimos muchos, muchos baobabs de todas las especies, la isla alberga la mayor variedad de este curioso árbol. Curiosos también los lémures, me cautivó el sifaka por su color naranja y su forma de desplazarse dando saltitos, por eso lo llaman el bailarín. La RN7 es la arteria principal que recorre el interior desde la capital hasta Tolear. A partir de ahí la costa oeste es una aventura por pistas de tierra y arena, pequeñas aldeas en las que tenías que pagar simbólicos peajes para poder continuar. Bosque de espinos y baobabs surcan los caminos. Y de repente de cualquier rincón, aparentemente desierto, te cruzas con gente y ganado (los cebús son su mayor tesoro). Playas kilométricas y desiertas. Cruzamos ríos en remolcadores de tracción humana. Nos sumergimos en los vericuetos del pétreo bosque de los tsingys. Visitamos poblados de pescadores que siguen utilizando el mismo tipo de embarcaciones con las que cruzaron el océano los primeros habitantes de la isla.  Descansamos al borde del mar donde las mujeres recolectan algas y se cubren la cara con barro para evitar los intensos rayos del sol. Navegamos por las dóciles aguas del canal de Pangalanes donde vi por primera vez la planta de la vainilla y el aye, aye (un lémur nocturno feísimo). Fuimos turistas para la burla de los niños y la mirada intensa de los que no están acostumbrados a ellos. Sí, Madagascar es pobre, donde el agua no sale de los grifos  y el carbón vegetal sigue siendo el combustible básico en los hogares. El transporte es precario y se mueve cuando se llena. Cuando cae el sol, Tana (Antananarivo), la capital, es más insegura. Como en todos lados son los ricos los que viven bien. Un país del que te vas cargado de imágenes con una naturaleza maltratada por la precariedad de los pobres  y la avaricia de los explotadores (las minas de diamantes, por ejemplo). Un viaje que disfruté y un país que abandoné con la banda sonora de un grupo de niños que se buscaban la vida cantando en las calles de la capital. Por cierto un viaje en el que pasé por las cuatro estaciones. Salí a finales del verano del hemisferio norte y recorrí la isla a finales del invierno del hemisferio sur. Dejé Madagascar cuando allí arrancaba la primavera y llegué al norte estrenando el otoño.

 

 

 

 

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